sábado, 2 de julio de 2011

Llámalo destino

Marie no creía en las casualidades, eso eran chorradas. Para ella todo sucedía por alguna razón y a eso se le llamaba destino. Marie pensaba que ya estaba todo escrito, que nada de lo que nos pudiera pasar dependería jamás de nosotros mismos o de nuestras acciones. Nada de lo que pudieramos hacer o decir cambiaría nuestro futuro. Marie solía hablarme del destino cada mañana. Mientras me atravesaba el corazón con su mirada desnuda al amanecer, yo me preguntaba en voz alta si el destino tenía planeado un futuro en el que estariamos juntos y ella reía a carcajadas que sabían a lluvia de verano.

Yo nunca había creído que el destino existiera, pero el día que nuestros caminos se cruzaron por última vez entre las estrechas calles de la vieja Barcelona cambié totalmente de parecer.