jueves, 13 de junio de 2013

El mar gris y otras debilidades.

Es curioso que las debilidades puedan llegar a ser tan fuertes. Mi debilidad personal tenía nombre propio. Julián era capaz de dejarme el alma en carne viva cada vez que se me acercaba, y por eso pasó a ser la debilidad más fuerte de mi vida.
Que le hubiera tocado vivir en una época que no era la suya no era casualidad. El echar de menos, la nostalgia, la melancolía y todos esos cuentos siempre se le habían dado tan bien que a veces me da por pensar que lo nuestro no fue breve porqué sí. Todo aquello quedó tan mitificado en nuestras mentes que me atrevería a decir que para Julián fue la mejor época de su vida justo por la brevedad  de esos días.



Vivir en el mismo edificio siempre fue una ventaja, al menos al principio. Subir a la azotea cada noche se convirtió en todo un ritual, sobre todo si lo hacíamos a escondidas cuando todo el mundo dormía. Como buen nostálgico, amaba la playa desnuda en invierno y ese color gris que tiene el agua en pleno mes de enero, nos pasamos los meses de invierno paseando al borde de las orillas del mar (y de nuestros cuerpos). Me cantaba canciones en francés, yo no tenía ni idea de lo que me estaba diciendo, pero sonaban a amor y a felicidad, y con eso me conformaba.
Todo acabó. Claro, Julián debía dejar paso a la nostalgia y para ello había que apartarlo todo a un lado: las noches de azotea, el frío en la playa, las orillas de mi piel y la felicidad cantada en francés no eran una excepción.
El día que Julián se marchó decidí aprender francés para que, al menos, sus canciones dejaran de sonar a falsa felicidad.