miércoles, 6 de marzo de 2013

De frío y ausencias.

Voy dejando atrás el frío pero tu ausencia se queda... Así empezaba una de las cien cartas a ninguna parte que él no se cansaba de escribir. El invierno acababa ya y, aunque inconscientemente, empezaba a hacer balance de los pasados meses: Demasiados viajes de ida y vuelta a ese paraje helado y frío que, a pesar del calor de aquel extraño mes de enero, le pareció más helado y frío que nunca.   Demasiadas pérdidas, innecesarias la mayoría, inesperadas todas. Demasiado gris aquel invierno. Demasiado lento y demasiado largo también. Parecía, sin embargo, que las cosas estaban volviendo a su sitio (si es que alguna vez habían tenido uno), pero no era más que calma aparente; la inercia se apoderaba de los días que, tal y como había sucedido con el invierno, se volvían cada vez más grises, cada vez más lentos, cada vez más largos.





Llegaba a casa, demasiado tarde para ser un martes, demasiado pronto para lo que los ánimos le pedían. Se dejó caer sobre el sofá y empezó a escribir una de esas cartas sin destino que jamás llegaría a enviar. En la mesa, un cenicero lleno de noches en vela; en el estómago, un vacío con el que no podían acabar ni las muchas cervezas que había tomado aquella noche; y en la cabeza, una imagen imborrable... Los escalofríos que seguían a ese recuerdo recurrente tenían nombre propio aunque él se negara a admitirlo. Los porqués y los cómos ya habían desaparecido, "¿hasta cuándo?" era la única pregunta que le rondaba por la mente día y noche: ¿Hasta cuándo el insomnio, la misma imagen grabada en la retina, la apatía y la desidía seguirían con él? Sin embargo, dolía mucho más no poder hacerse esa misma pregunta con las cartas, porque el "hasta cuándo" no valían para ellas, pues ya nunca más podrían encontrar destinatario. No, los "hasta cuándo" ya no servían para ella... Su ausencia era ya eterna.