miércoles, 17 de octubre de 2012

Otros atardeceres

El otoño empezó sin cartas de Juliette. Desapareció junto a los atardeceres de final de verano de los que tanto me hablaba y sólo me dejó una habitación desordenada y miles de preguntas sin respuesta. Ordené la habitación y con las preguntas... Con las preguntas no supe nunca qué hacer.
Aquella tarde de octubre, al parecer, el tren tenía tan poca prisa en llegar como yo. Hubo un retraso de media hora y la gente se aglomeraba en los vagones histérica; mientras, yo, ausente, miraba como el sol se escondía detrás de los árboles desde la ventana del Cercanías que siempre he odiado tanto. Deseaba con todas mis fuerzas que esa media hora se convirtiera en un día entero. Por nada del mundo quería llegar al piso y verlo vacío pero, a la vez, tan lleno de recuerdos invisibles que se aglomeraban por cada rincón, que pintaban las paredes y cubrían cada baldosa del suelo. Al fin, el maquinista no se puso de mi parte y el tren arrancó. En cada parada, los vagones se iban vaciando cada vez más para que, al final, nos quedaramos cuatro personas contadas en el vagón. Final de trayecto anunciaba la voz en off.
Al salir de la estación me di cuenta de que el tiempo había cambiado radicalmente en cuestión de horas, el viento se había vuelto muy frío y agitaba con fuerza los árboles de la avenida. Con las manos en los bolsillos y el viento helándome la cara empecé a caminar en dirección a "casa", si es que aún se le podía considerar tal cosa a ese piso huérfano y cochambroso.
Mientras maldecía el momento en que decidí volver a la ciudad y no quedarme unos días más por el pueblo, noté como una mano me agarraba por el hombro, Juliette, fue el primer pensamiento que cruzó mi mente, había vuelto, sí, era eso. Debo confesar que mi orgullo desapareció por completo para dejar paso a una alegría irreprimible mezclada con un sentimiento de alivio que me recorrió el cuerpo de arriba a abajo, iba a gristar su nombre, iba a hacerlo justo cuando al girarme choqué contra una mirada inesperada, me encontré con unos ojos que ya había olvidado...

- ¡Anna!

Las tardes grises de mil años luz atrás, las miradas furtivas que provocaban vacíos en el estómago y las canciones en francés entraron en mi mente de sopetón, como ella y sus ojos color miel.