miércoles, 19 de enero de 2011

Rojo como sus labios

Nadie en varios kilómetros a la redonda sabría decir su nombre. Ella nunca decía como se llamaba. Esa noche, en aquella calle, alumbrada por la luz parpadeante de las pocas farolas que no estaban fundidas, casi reinaba el silencio. Un silencio que se había roto con el ruido de sus tacones al chocar contra la acera. Caminaba rápido, pero tampoco demasiado. En los bolsillos de su abrigo rojo, como el rojo de sus labios, resguardaba sus manos del frío, con la derecha agarraba fuertemente la pístola de John y con la izquierda escondía un viejo papel. No esperaba que nadie la atacara, pero por si acaso. Aunque no lo hubiera admitido jamás, estaba totalmente aterrada, si hubiera podido habría escapado de allí corriendo cómo nunca antes lo había hecho. Caminaba con paso firme, con una apariencia del todo segura, no obstante no sabía demasiado bien hacia donde se dirigía. De pronto vio una sombra tras de si, y sin que apenas tuviera tiempo para reaccionar un dolor punzante y abrasador le atravesó el pecho. Cayó desplomada al instante, e immediatamente la sombra se abalanzó sobre ella quitándole el viejo papel que guardaba en el bolsillo izquiero, para desaparecer rápidamente sin dejar rastro alguno.
Y allí, esa noche, en aquella calle alumbrada por la luz parpadeante de las pocas farolas que no estaban fundidas, ella permaneció sangrando hasta formar un gran charco que lo tiñó todo de rojo, rojo como su abrigo, rojo com sus labios.