domingo, 25 de noviembre de 2012

Tempus fugit

No nos podemos salvar: no nos engañemos, ni tú ni yo queremos abandonar este agujero. Pero a veces sí que nos permitimos una excepción y salimos de aquí con tantas ganas que vivimos ahí fuera, aunque sea por unos instantes, una vida que no existede verdad, pero que nos parece tan real, tan posible... Por un rato nos creemos normales y corrientes, sensatos, cuerdos, usuales, comunes, pasamos inadvertidos... Y luego, cuando nos cansamos, volvemos a refugiarnos en nuestra realidad y las promesas normales y corrientes, sensatas, cuerdas, usuales y comunes, pasan inadvertidas y esta vez de verdad. Vuelan por la ventana y desaparecen para siempre entre borrones de tinta que cubren los anteriores y los esconden, como si prefirieran huir de nosotros, escapar de nuestro mundo... Nuestro mundo, ¿eh? ¿Y si eso no nos salva? ¿Quiere decir que ya no hay salvación?

Nuestra salvación se reduce a las manos y los domingos, las canciones para echar de menos, los silencios que nos dejan sordos, los besos en el ascensor, los parques desnudos de madrugada (como tú en mi cama cada mañana de invierno), las caricias inflamables, miradas fuera de servicio, recorridos por tu columna vertebral, las preguntas largas (y las respuestas también), tu piel para merendar, siluetas desnudas a contraluz en verano, tatuajes con rotulador en la memoria, y sobre todo, sobre todas las cosas, por encima incluso de las enredaderas de tu pelo cuando hay viento y las bañeras a medio llenar, nuestra salvación depende desde siempre de una sola cosa... El tiempo. 

El tiempo y su paso: ahora lento, ahora rápido, ahora con acelerones y luego ¡pum! parada en seco, sin permiso, cuando tú te vas por esa puerta, como estás haciendo ahora mismo. 


(Y ya no hay salvación)




lunes, 19 de noviembre de 2012

Nos alimentamos de nostalgia.

"Cualquier tiempo pasado fue mejor". Siempre he odiado esa frase: excusa perfecta de la nostalgia para mantenernos anclados al pasado. Pero la verdad es que, en parte, es cierta: tendemos a idealizar los comienzos; aunque sean una porquería los mitificamos y cuanto más pasa el tiempo, más perfectos nos parecen. No sabemos apreciar el presente: nos angustiamos pensando en el final o nos aferramos tanto a lo que ya hemos vivido que no nos damos cuenta de que lo que importa de verdad no es la experiencia vivida, ni lo que queda por venir, sino este preciso instante que se desvanece sin que a penas nos demos cuenta, este momento que ni, por un segundo, nos planteamos apreciar, y que luego, cuando los días, las horas, los minutos, los segundos nos impidan volverlo a saborear, mitificaremos hasta tal punto que nos parecerá perfecto. 



Pensándolo bien, a veces necesitamos alimentarnos de nostalgia, a veces es necesaria la melancolía... A veces tenemos que mitificar el pasado para dar sentido a nuestro presente.