sábado, 10 de julio de 2010

ATROZ

Se despertó bañada en sudor frío, con la sensación de no saber si lo ocurrido era real o simplemente una terrible pesadilla. Tenía que ser eso, sí, un horrible sueño que ya había llegado a su fin. ¿Cómo iba a ocurrir de verdad semejante barbarie?
Justo en ese instante se dió cuenta de que estaba compartiendo lecho con otra mujer, de que estaba compartiendo estancia con decenas de mujeres más. Comprendió que esa era su realidad: los uniformes a rallas, los niños llorando de dolor frente a sus madres, y éstas sin poder hacer nada, mujeres que entraban cada mañana por la puerta y salían cada noche por la chimenea, ese olor al que te acostumbrabas, quisieras o no, después de un par de días y que se colaba por todos los rincones de aquel lugar...
¿Se consideraba lugar?
Sophie lo consideraba un infierno, había momentos, como cada mañana al despertar, que se negaba a creer que lo que ocurría era real. Su mente no podía aceptar que el ser humano había llegado a tal extremo de crueldad, no le cabía en la cabeza que existiera gente que pudiera llevar a cabo las atrocidades que se vivían día a día en el campo. Aún así, era realista, sabía que de allí no se salía con vida y justamente por eso se negaba a desmoronarse. No pretendía darles ese gusto, siempre había sido cabezota y con tal de llevarle la contraria a quien le ordenaba algo haría lo que fuera. Se decía a sí misma que estar encerrada entre esas cuatro paredes grises no iba a cambiarle por nada del mundo.
Se equivocaba.



Que nunca jamás se repitan tales actos. Por la memoria de todas aquellas personas inocentes que sufrieron el infierno de lugares como Mauthausen, Ravensbrück o Auswitch.