lunes, 3 de septiembre de 2012

De atardeceres

Cuando el verano acaba los atardeceres tienen algo diferente. Juliette tenía razón, cuando el sol se pone y el verano ya muere es como si el cielo no sólo se tiñera de naranja, sino también de la melancolía que empapa siempre los finales. Desde mi ventana, cuando atardece en esta época del año, la silueta de las nubes más bajas se confunde con la de las montañas, y el sol, perezoso, se recuesta sobre ellas recordándome aquellas palabras que siempre decía Juliette: Cuando el verano acaba los atardeceres tienen algo diferente. Me acuerdo especialmente de ella durante estos días, cuando las noches empiezan cada vez más pronto y el olor a tierra mojada interrumpe los sofocantes días de agosto sin previo aviso.



Nunca imaginé que el verano pudiera llegar a ser tan frío. Así empezaba, sin embargo, una de las últimas cartas que recibí de ella. Al otro lado del papel podía adivinar una Juliette casi suicida, a la que yo ya no reconocía. Hacía tanto tiempo que no tenía noticias suyas que estaba seguro de que todo habría cambiado, ya ni siquiera sería la misma chica morena de ojos grises que una vez me hizo llorar de felicidad (y otras tantas de tristeza). O puede que sí, que se tratara de la misma persona y que yo ya me hubiera olvidado de como era ella en realidad porque, la verdad, no solíamos escribirnos muy a menudo, bueno, al principio sí, pero después... Después cada uno siguió su vida, o al menos eso intentábamos aparentar. Fingíamos tener vidas inconnexas. Fingíamos haber olvidado y, sin embargo, no hacíamos más que recordarnos el uno al otro.