martes, 3 de enero de 2012

Reflexiones de media noche

La humanidad es así. Nos obsesiona el fin. Los finales de los libros, de las películas, siempre son lo que más no interesa, lo que no queremos que nadie nos cuente porque queremos descubrirlo por nosotros mismos. Nadie se acuerda de los inicios de los Beatles, pero sí todo el mundo sabe como acabó la cosa. ¿Quién sabe dónde y cómo nació Van Gogh? Al fin y al cabo, lo más importante es que al final se suicidó. Cuantas películas se basan en el fin del mundo; cuantas religiones, cuantos dogmas hablan del apocalipsis y cuanta gente pierde el sueño por pensar en ello. Hoy en día de cada 4 matrimonios que empiezan, 3 terminan en divorcio. La gente no recuerda el año en que se levantó el Muro de Berlín, pero sí la mayoría sabe que este cayó en 1989. Nadie sabe que va a nacer, pero sí que va a morir.
Vivimos tan obsesionados pensando en como acabarán las cosas, en dónde está el fin del camino, en cual será el resultado de nuestras decisiones, que la mayoría de veces no somos conscientes de que la importancia no radica en el desenlace de los hechos, si no en el desarollo de los mismos.